19 de agosto de 2016

Vázquez Cereijo, pintor gallego

NO se sostuvo propiamente con la pintura (trabajó como aparejador en el Ayuntamiento hasta que se jubiló) y vivió la mayor parte de su vida en Madrid, pero José Vázquez Cereijo (Lugo, 1940) fue y se sintió principalmente pintor y gallego: no le interesaba de verdad más que el arte y en todos los años que estuvo en Madrid no logró quitarse la saudade de encima ni el deje le desapareció del todo, huérfano de aquello. Durante casi cuarenta años, cada domingo, de madrugada, con mal o buen tiempo, Bonet y yo hicimos el Rastro con él. Tres horas hablando sin parar, de cualquier cosa, arriba y abajo, por aquellas cuestas. Como los filósofos peripatéticos, pero de segunda mano. Había empezado a ir al Rastro quince años antes que nosotros y lo sabía todo de cualquier pecio (antiguo o sólo viejo), tanto o más que los gitanos. Cierto día se tropezó con un instrumento de medición de metal dorado, muy bonito, parecido a un teodolito. Preguntó a su dueño, amigo suyo y perro viejo como él, y el gitano le respondió que no sabía. En realidad le dijo: “Yo, la verdad, cada día sé menos”. Y nuestro amigo le corrigió como lo hubiera hecho Séneca: “No presumas”. Todo lo que decía solía llevar dentro esa retranca, lo que le obligaba a uno a escucharle siempre con media sonrisa. Bonet y yo íbamos a buscar libros y papeles viejos; él no, él no iba a buscar nada, seguramente porque habiendo encontrado tanto, hacía ya tiempo que no esperaba mucho de la refriega. Fue feliz y desdichado a medias y a la vez, sin dejar de ser nunca lo uno y lo otro. Muy gallego en eso también. Lo sobrellevó con dignidad y al final la vida ha querido premiarle sólo con dicha, mujer e hijos. La rutina laboral le acostumbró a pintar por las tardes, y acaso por eso su pintura era muy melancólica, gris, plateada, color musgo. En sus cuadros llueve trescientos días al año, como en Santiago. Al principio tenía un cierto apetito onírico, que no perdió. Hace unos años descubrió, como sus paisanos Risco y Cunqueiro, Mitteleuropa, Praga en concreto, y empezó a tallar en maderas encontradas en la playa unos grabados preciosos, de otro tiempo, en los que parecen latir todos los naufragios de la Costa de la Muerte. Misteriosa palabra esta. Ha muerto de una afección cardiaca, igual que su tío el gran poeta gallego Luis Pimentel, no menos hipocondriaco. Hace casi cuarenta años el sobrino hizo un retrato de su tío para el libro inédito de este, Cunetas, sobre los muertos de la guerra civil, que publicamos Bonet y yo. Ninguno de nosotros, claro, pudo imaginar entonces este final, que aplicando nuestra filosofía, de segunda mano, no es más que seguir en la rueda de la Vida, esa de la que se venden los cojinetes en el Rastro, que ha sido siempre, por si no lo sabían, la patria de los huérfanos.

     [Publicado en El País el 18 de agosto de 2016] 

Vázquez Cereijo en el Rastro, 2012
  

14 de agosto de 2016

En los márgenes

CON el título de Letras clandestinas puede verse estos días en Madrid una exposición extraordinaria. Pasará inadvertida, quizá, porque está en un lugar poco conocido y transitado, la Imprenta Municipal, y porque  trata de un asunto en apariencia menor, los papeles, libros, panfletos, revistas que circularon durante el franquismo bajo cuerda. Es una exposición a un tiempo deprimente y esperanzadora. Deprimente, porque la insignificancia y fragilidad  de  muchos de esos testimonios, verdaderas reliquias, nos recuerda la blindada y todopoderosa dictadura contra la que se circularon. Imaginen al lado de sofisticados misiles, la honda de David, dos cuerdas y una badana vieja. Y aquí entra en juego la esperanza: no hay tirano que cien años dure, y aunque Franco murió en la cama estas letras clandestinas prepararon el camino hacia la democracia. 

Hasta aquí el relato romántico que nos cuentan estos papeles milagrosamente conservados, y que a uno tanto le han interesado desde un punto de vista tipográfico. Porque si leyéramos lo que muchos de ellos decían, nos quedaríamos paralizados de espanto. Antifranquistas, sí, pero demócratas poco. Antifascistas, desde luego, pero en muchos casos también estalinistas. “Nos hemos llevado la canción”, dijo León Felipe, tras la derrota. Esas palabras se hicieron célebres, pero no las que escribió quince años después, también desde el exilio: “Yo no me llevé la canción. Hay que confesarlo: de tanta sangre a cuestas, de tanto llanto y tanta injusticia no brotó el poeta... Los que os quedasteis... vuestros son el salmo y la canción”. Hablaba de quienes escribían poesía en España y la publicaban aquí, pese a todo lo irrespirable del ambiente y la censura. “Desde luego, que [la censura] es una impedimenta terrible para la creación. No basta con poder escribir o pintar, y meterlo todo en un cajón o de cara a la pared, sino que se necesita respirar...”, le dice Ramón Gaya a un amigo en 1960, y añade: “La libertad que se necesita para crear, no es una libertad para ser aprovechada, sino tan solo para ser sentida y sabida; es un margen”. Y sí, a menudo lo más interesante queda escrito en los márgenes. Basta con darse una vuelta por esa exposición. En ella figura lo mejor (y lo peor) de un pasado reciente, la letra pequeña de la Historia, esa que suele quedarse sin leer.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de agosto de 2016]

9 de agosto de 2016

Yoes

EN todas las profesiones en las que interviene el público (“la gente”, “el pueblo”), y por tanto, su aplauso, el yo crece mucho. Actores,  deportistas, médicos, periodistas, abogados, toreros, literatos y, desde luego, políticos. Incluso en el universo de las comunidades de vecinos, por pequeñas que sean, hay yoes descomunales. El yo gusta mucho, sobre todo al que lo lleva por delante como un pendón. De ahí que agradezca uno los yoes mínimos. Del yo, el menos, ha dicho uno, parafraseando aquel “del mal, el menos”. Pese al amor que muestran muchos por el suyo, lo cierto es que el yo acaba siendo como la ropa del  niño pobre, que decía JRJ, “corta y larga”. Raramente el yo sienta bien a nadie, hecho a medida. Lo normal es que si uno tiene para vestirse sólo su yo, vaya hecho un adefesio.

Todo el mundo andaba muy intrigado preguntándose qué diría Nigel Farage, principal activista del Brexit, en la Eurocámara tras su éxtio. Jean-Paul Junker, presidente de la Comisión, le dijo en tono agrio: “¿Por qué sigues aquí?”. Farage le espetó jactancioso: “Cuando vine aquí hace 17 años y dije que quería liderar la campaña para sacar a Reino Unido de la UE, todos os reísteis de mí. ¿Ya no os reís?”. Se diría que ese hombre ha lanzado a su país al  abismo únicamente para vengar su insignificancia, sus complejos. Una semana después anunció que dejaba la política. Recuerda a aquellos grafitis que se leían en los apeaderos de la España negra y profunda, hechos con los propios excrementos: “Aquí cagó el Tato”.

A veces tiene uno la impresión de que entre nosotros los políticos tampoco se quieren ir hasta no quitarles de la cara a sus enemigos la sonrisita, para decirles: ¿Qué, ya no te ríes? Porque la mayor parte de ellos deberían haberse ido a su casa hace ya mucho tiempo, si es verdad que la política es el arte de lo posible. No sé, cuando escribo este artículo, ni hoy lo sabe nadie, si iremos o no a unas terceras elecciones, incapaces los políticos de habernos ahorrado las segundas. Pero empieza uno a añorar, y cuánto, la mínima política, como el mínimo yo, aquélla, aquél, que le permite a los ciudadanos dedicarse a los asuntos importantes y a los políticos a hacer bien su trabajo, es decir, a pasar lo más posible inadvertidos. Pasa igual con el estilo: cuanto mejor es, menos se nota. 
    
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de agosto de 2016]

1 de agosto de 2016

¿Era a mí?

VEO que ASRobayna, pudiendo habérselo ahorrado, publica en libro ahora lo que publicó en 2004 como adelanto en Abc. A la semana siguiente yo le repliqué, también en Abc, con esto. Estoy seguro de que el propio ASR no me perdonaría que no lo reprodujera tantas veces cuantas lo exhuma él. Bendita técnica.

* * *
¿ERA A MÍ?

Durante muchos años la poesía de Andrés Sánchez Robayna fue la mínima expresión de una nada: “la tromba de / lapilli la / luz la / mina / (sábanas / sopladas) / nada / esta espuma:”. 
Esa tontera le duró casi veinte años. Lo que la moda. Hace unos meses ha vuelto a publicar un nuevo libro de versos. Alrededor de esa nueva publicación, este S. R. ha venido orquestando su promoción, que empezó en la solapa del libro y en algunos periódicos. En la solapa, redactada inequívocamente por él, asegura que llega “a zonas de conocimiento y de auscultación de la realidad que rebasan el plano autobiográfico y que acaban de trascenderlo, tanto a través del examen de la historia como de la indagación “filosófica” en los problemas de la percepción y de la imaginación. A través de diversas claves místicas, herméticas y filosóficas (...) propone a la poesía hispánica de hoy un novedoso y ambicioso modo de afrontar la tradición intelectual y creadora que constituye la cultura de Occidente”. En la prensa, con la misma modestia, aunque sin tanta pedante y vacua pseudometafísica, ha venido tachando a parte de la poesía hispánica de casposa y provinciana. Porque a este, al igual que a otros secuaces de la poesía mística actual, sólo se les entiende, paradójicamente, cuando desprecian o insultan.
Hoy mismo, 23 de marzo, acaba de publicar en el ABC Cultural unas páginas de su diario, e insiste sobre la vieja idea: “La mayor parte de la poesía española actual me parece una involuntaria parodia de poetas menores”.  
No sé lo que S. R. entiende por poesía española ni por poetas menores. Él mismo ha sido el editor de algunos de éstos, Torón o Quesada, y en la poesía española hay hoy como pocos ochenta o noventa poetas que son “mayores” que él. Así que lo propio es irse a su último libro y tratar de entender a qué se refería. Llama la atención, en primer lugar, el tono. El cambio ha sido, en efecto, copernicano, porque ha salido en esta ocasión tiñéndose de Juan Ramón Jiménez, moda que quieren hacer de ahora, como se tiñó en su día de Wallace Stevens, moda de ayer, e imitando el tono de cierta poesía de la experiencia que en otros le parece paródica: “Poco a poco llegaban las noticias”, nos dice en un prosaico poema sobre mayo del 68, “del mes en que en París, los estudiantes / y los obreros se precipitaron / a las calles, tomaron la ciudad / y con airados lemas y proclamas / afirmaron a un tiempo queja y júbilo / nuevo mundo amoroso, alegre alianza / de rebeldía, de pasión, de fe”. El final, que ahorro, es de violines. Puede alguien escribir lo que quiera, pero sería una desdicha que se creyera con derecho a sentarse a la vera de Homero ni a juzgar a nadie, cuando en realidad con ese viático tendría mucha suerte si le dejan quedarse junto al “Poema de la bestia y el ángel” de Pemán, a lo que se parece eso.
Después de la andanada contra la poesía española, S. R., también en clave mística (pellizco de monja lo llamaría yo), y sin venir a cuento, incluía el siguiente fragmento: “Un escribidor español de mi edad ­–un trapacero de las tradiciones– ha publicado hasta la fecha de hoy, según parece, la insólita y respetable cifra de cincuenta y seis títulos. Ya lleva tres en lo que va de año. Ante tamaña incontinencia sólo cabe tratar de imaginar lo que ha de ser, sin duda, su divisa: «Escribe, que algo queda»”.
No hay que averiguar mucho para conocer la catadura moral de alguien, sino verle manipular el apellido de otro, como un cabo chusquero, y he repetido a menudo, desde el parvulario hasta hoy mismo, que siempre habían sido los más tontos y deficientes los que me sobaban el mío, de manera que trapillo, trapacero, trapero, trapisonda o trapichero son palabras que me resbalan como las jabonaduras cada vez que me las ha arrimado alguien con el ánimo de afrentarme, y más desde que supe que Juan Ramón se apellidaba Mantecón, Cernuda, Bidón, Machado, Machado, y Unamuno, Jugo. 
Por cierto que Unamuno, en un primitivo artículo suyo de 1892, “La evolución de los apellidos”, recordaba, a propósito de Goethe, una anécdota que éste incluye en Poesía y verdad, recordando la broma que Herder había hecho del apellido de Goethe, y dice éste: “No era muy delicado el permitirse burlas con mi apellido; pues el nombre de una persona no es algo como un manto, que cuelga simplemente de él y al que se puede deshilachar y rasgar, sino que es vestido perfectamente ajustado, y aun como la misma piel que ha crecido en nosotros, a la que no se nos puede añadir ni desollar sin causarnos daño”.
Luego está esa tontería de hacer depender la calidad de la cantidad de libros publicados. Yo no sabía que hubiera escrito tantos [y son libros, no títulos, ASR.; títulos he escrito muchísimos más, y los guardo en una libreta, y algunos los voy regalando a otros, como él sabe]. No los he contado nunca ni los voy a contar ahora, pero S. R. sí , aunque tampoco sabe sumar o la envidia le ciega o la malicia le hace andar ligero, porque le sobran lo menos veinte. No obstante cuando alguien dice de otro que escribe mucho, es porque no puede decir nada peor, así que me quedo tan tranquilo en alegre compadreo con Galdós, Gómez de la Serna, Baroja, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Unamuno y con todos aquellos a quienes los estreñiditos escrutan con el pancreas.  Aunque lo patético viene ahora: S. R. ni siquiera cuando quiere insultar tiene talento, lo cual para alguien que se pasa el día insultando ha de ser una gran desgracia: mi lema y el de todo escritor, desde Lope de Vega y Quevedo a Cervantes, es, que yo sepa, precisamente ése, amigo S. R.: “Escribe, que algo quede”.  Por ejemplo, de san Juan de la Cruz, quedar, lo que se dice quedar, no ha quedado ni un cinco por ciento de todo lo que escribió, aunque sea ese cinco por ciento tanto como la mitad de toda la literatura española. Claro que siempre tendremos cerca un botarate que piensa que de lo suyo va a quedar absolutamente todo porque es breve, caso que me apresuro a aclarar no es el de S. R., cuya obra, no escasa precisamente, vale ya por toda la del obispo Tostado.
La experiencia le va diciendo a uno que muchas de estas polémicas hay que dejarlas pasar, y lo hubiera hecho de no andar por medio Las tradiciones. Cuando elegí ese título hace veinte años para el segundo de mis libros y, luego, para el conjunto de mi poesía, eran muy pocos aquí los que pensaban en las nuestras propias. En ellas hay grandes escritores como los citados y otros, claro, secundarios. Por las cosas que estoy viendo, creo que S. R. querría  ver a todo el mundo enredado con parcelados poetas menores, mientras él se dedica a Occidente y los latifundios, incluido nuestro J. R. J., si esa es la moda. En el momento de publicarse una antología de los poetas de los cincuenta, hecha por Hortelano, en la que figuraban entre otros Claudio Rodríguez, Gil de Biedma y Brines, Valente le confesó a éste que no había en ella más que “poeta y medio”. Seguramente al decir “poeta y medio” pensaba sólo en sí mismo. A S. R., que no llega ni a medio poeta, parece sobrarle también, por lo que se ve, “la mayor parte de la poesía española actual”. 
S. R. es catedrático, o le anda muy cerca, y debe de creer que los escalafones y las jerarquías son cosas importantes y “objetivas”, como pensadas por catedráticos, pero si hubiera leído a J. R. J., a quien muchos leemos, amamos y admiramos desde mucho antes de la moda, sabría que éste encontró gran poesía incluso en el localista Vicente Medina. ¿Qué es eso de menor, de mayor? No, la poesía, unas veces mayor y otras menor, nos ayuda a entender nuestros enigmas, si se tienen, y cada cual ha de decir lo suyo, y sabiéndolo decir rectamente, sin afeites ni teñidos, habrá dicho mucho, corto o largo. Corto y cierro.

El arca de Noe

¿HA sido una coincidencia que  Gran Bretaña, patria de Darwin, vaya a dejar la Unión Europea al mismo tiempo que en Williamstown, Kentucky, esté ya lista una réplica del arca de Noé, costeada por Ken Ham, apologeta de las doctrinas creacionistas que niegan cualquier teoría que excluya la mano directa de Dios en la creación del mundo y la evolución de las especies? Dicho con menos palabras: ¿se avecina un nuevo diluvio universal? “La crisis de la política es universal, tenemos que replantearnos todo”, dijo Michelle Bachelet, presidenta de Chile,  a propósito del Brexit, y Juan Carlos Monedero, el Noé del lenismo español, trató por su parte de calmar las aguas siete días después de haber perdido más de un millón de votos: “Pablo Iglesias será el próximo presidente de gobierno”. Que en medio de todo el señor Ham haya querido tener lista el arca es bastante razonable, aunque de poco nos servirá a quienes no tengamos un acreditado pasado de buenos cristianos, porque el señor Ham será muy estricto. O sea, lo de siempre: “Vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”.

¿Y sabemos como es el arca de Kentucky? La mayor construcción naval en madera de todos los tiempos,  un estadio y medio de fútbol de larga y alta como una casa de siete pisos. Con ser tan grande la barca y con ser tan firme la fe de su armador en demostrar que la Biblia es el único texto histórico fiable, parece que no ha sido posible meter en ella todas las especies vivas y han tenido que contentarse con treinta parejas disecadas. La razón de ello es que necesitaban muchos más cuartos de baño que jaulas, habida cuenta de que esperan un millón y medio de visitantes al año. 

Si es verdad eso que dicen (Dios aprieta, pero no ahoga) las probabilidades de que acabe uno yendo un día a Williamstown son parecidas a que se cumpla la profecía de Monedero. Lo más llamativo de todo el asunto ese del Arca es, sin embargo, esto: en caso de un diluvio, nadie garantiza que pudiera navegar. Más o menos como lo de Iglesias. Al contrario, es seguro que ni siquiera flotara. Un referéndum ha cortado las estachas que mantenían a Gran Bretaña unida con Europa, y empieza a alejarse a la deriva. Mientras, Ken Ham grita desde Kentucky: ¡Primero las mujeres y los niños!

        [Publicado el 31 de julio de 2016 en el Magazine de La Vanguardia]

26 de julio de 2016

Del Comisionado de la Memoria histórica de Madrid

TRAS dar a conocer la semana pasada el resultado de sus primeras sesiones de trabajo [a propósito del cambio de nombre de las calles franquistas de la ciudad y la revisión de otros símbolos y monumentos relacionados con la guerra civil y la dictadura],  el conocido como Comisionado de la Memoira histórica de Madrid ha publicado hoy en El País este escrito que querría contribuir al deseado equilibro entre la justicia (sin la cual no es posible la paz) y el olvido (sin el cual no es posible la vida).

Suyo afectísimo Benito Pérez Galdós

Lo dicen los autores de esta magna obra [BPG. Correspondencia], Alan E. Smith, María Ángeles Rodríguez Sánchez y Laurie Lomask: no es fácil reunir todas las cartas de un escritor, tampoco las de Galdós. Se hace en este tomo por primera vez: más de mil. Comparadas con las que escribió Unamuno, cincuenta mil, no son muchas, pero sí llenas de interés en persona tan gris y desdibujada como Galdós.
Las ha ido uno leyendo con atención, poco a poco, intrigado casi siempre. ¿Cómo era Galdós? Ninguna biografía de las que le han hecho, incluida la de don Pedro Ortiz Armengol, da con la persona. El personaje está más o menos esbozado, pero la persona no. ¿Tienen valor, pues, estas cartas? Más que ningún otro testimonio directo suyo. Él publicó, ya viejo, en la revista La Esfera, unas memorias a las que llamó precisamente Memorias de un desmemoriado, bastante decepcionantes: no cuenta casi nada personal en ellas. Se ve que él se intrigaba poco. Se lo dice a Clarín, cuando este le pide datos biográficos para un estudio que escribe sobre el novelista canario: “Me parece a mí que los escritores, valgan lo que valieren, deben poner entre su persona y el vulgo o público como una pequeña muralla de la China, honesta y respetuosa. Le aseguro a V. que siempre he tenido una repugnancia instintiva a la familiaridad (como no sea con una mujer guapa). Las confianzas con el público me revientan. No me puedo convencer de que le importe a nadie que yo prefiera la sopa de arroz a la de fideos…”. Dejando de lado las que le escribió a su amigo José María Pereda y a Clarín (estupendas), las mejores se las escribió a sus mujeres. Le interesaban mucho. Galdós, un solterón vocacional, fue también monógamo (más o menos). Conocía a las mujeres muy bien y de su pluma salieron algunos de los grandes retratos femeninos de la literatura española, y en todos los registros, de doña Perfecta a Fortunata, de Isidora la Desheredada a Tristana. Y por tal razón son precisamente las cartas a sus amantes, casi la mitad de este epistolario, lo más llamativo de él: faltan, claro, las que le escribió a la Pardo Bazán, pero están las de Lorenza Cobián, madre de la única hija que tuvo, las de Concha Morell, las de Teodosia Gandarias y las de Conchita Catalá. En todas observamos algo parecido: reserva, secretismo y generosidad (en realidad Galdós las mantuvo a todas ellas como mantuvieron a Fortunata algunos de sus protectores).
¿Y cómo son esas mujeres, hay un rasgo común en ellas? Sí, las quiere más que sumisas, discretas, cariñosas y ordenadas. A casi todas las exige silencio cuando no romper esas mismas cartas que les escribe. Y si empiezan a pedir cotufas en el golfo (lo que él no puede o quiere dar: matrimonio o, en su defecto, entronizaciones oficiosas), Galdós se impacienta, y aunque jamás pierde los nervios, acaba distanciándose de ellas y buscando el amor en otro “nidito”.
Por lo demás confirman el célebre aforismo pessoano: todas las cartas de amor son ridículas, pero más ridículo es quien no ha escrito cartas de amor.
¿Y se transparenta aquí Galdós? Desde luego. “Más que Homero o Dante me gusta acercarme a un grupo de amigos, oír lo que dicen, o hablar con una mujer o presenciar una disputa, o meterme en una casa de pueblo, o ver herrar a un caballo, oír los pregones de la calles…”, le dirá a Clarín, éste sí un literato. Y pese a lo discreto de las cartas, Galdós confirma en ellas la regla: nadie que no sea una gran persona, como él, puede escribir una obra en verdad grande y llena de vida. Sí, por estas cartas se ve que don Benito hizo honor a un nombre que parece puesto por él mismo. (Lo de la mala uva y el arte tiene mucho más prestigio, desde luego, pero es otra cosa. Ahí está, para confirmarlo, Valle Inclán, que profirió contra Galdós el insulto más injusto, gratuito y dañino, ejemplo una vez más de que lo que menos soporta un quevedesco es a un cervantino).
Darían estas cartas para escribir mucho sobre la naturaleza humana, el siglo XIX y los españoles. Pero bástenos para cerrar esta reseña esas palabras con las que Galdós se despide de una de sus amantes, un día en que estaba de especial buen humor… Porque se me olvidaba decir: Galdós tiene gracia por arrobas: ““Tuyo hasta la j[odía]… muerte”, le dijo a ella, y nos dice a todos cien años después.

    [Publicado en El País, Babelia, el 16 de julio de 2016]